Entre Cuentos y Encuentros

Ante todo una Princesa de Dios… la lectura, la escritura y la independencia son añadiduras.


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Bonita

Bonita la música

que medita en las letras

en el aire, en la brisa.

Bonita la risa

que deslumbra como un sol,

tu risa, mi risa,

las risas.

Bonita la mar cual galopante corcel

impaciente, sin riendas

igual que tus dedos trotadores de mundos,

explorando nuevas fronteras.

Bonito es tu lunar

que atrae mis labios

cual hipnotizador,

a tu merced.

Bonito sentir tus suspiros

cuando te acercas, -me besas-

y decir: te amo

en silencio, como los gatos.

Bonito cumplir

sin mentir,

sin miedos.

Bonito perder la cordura

y celebrarlo,

contigo.

Bonito inspirar

Bonito respirar

Bonito el espiral

Bonito, todo es bonito.


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Amor a primera letra

Las letras y yo iniciamos nuestro romance hace ya muchas páginas, hace ya muchos lápices, hace ya muchas plumas de gel con aroma, hace ya muchas teclas, hace ya mucho. Empezó cuando sólo mis ojos las reconocían a través de sus formas, ya saben, “bolitas”, “palitos”, “rayitas”, “viboritas”. Después, me fueron dados a conocer sus nombres: “eme”, “ele”, “efe”, y así. Hasta que finalmente mis manos y dedos en complicidad con mis ojos y neuronas se hicieron íntimos amigos de cada una de ellas. Nuestro inicio no fue sencillo ni terso, bien dicen que nada es fácil en esta vida, y mi amor por las letras no fue la excepción. Tuve que derramar lágrimas para aprender a leerlas todas juntas en lugar de una por una; tuve que aprender a respetar sus puntos, sus comas, sus acentos y espacios, y fue tanto el respeto que me fue encomendada la acción de demostrarlo en cuanto concurso de ortografía se presentaba -¡Sí!, miedo y pavor sentía con todos esos ojos de monstruo, acechando cualquier falta de respeto hacia ellas-, pero al final salíamos victoriosas ellas y yo, y quedaba demostrado, muy en alto, mi amor por ellas.

Pero no crean que todo fue espinoso en nuestro andar ya que después de un par de años, llegó la paz a nuestra relación. Un día de cumpleaños las letras se revelaron ante mi como brisa fresca en un día caluroso. Allí estaban, todas ellas, muchísimas de ellas, plasmadas en brillantes hojas ilustradas, dándole forma a un nuevo mundo. Descubrir su nueva cara, hizo que les perdonara todo el sufrimiento causado al inicio. En verdad, las letras se redimieron y con creces. Verlas, o mejor dicho, leerlas en distintos empaques y colores que me trasladaban a universos desconocidos, lograba que me sintiera la niña más feliz de la Tierra. Así fue como ellas me dieron la bienvenida a su reino. Ese reino dónde puedes ser y estar donde tu quieras y donde lo único finito es el infinito.

A partir de ahí quise ser más que sólo admiradora de letras. Decidí ser su amante y enredarme en ellas. Nuestro amor, al ser un todo, tenía el poder de crear nuevos mundos, describir sueños y fantasías, asumir en papel esos encuentros y desencuentros, en una palabra abrir puertas, hoyos y ventanas a otras dimensiones, tal como las que ellas les permitían a esos grandes escritores. Sí, lo sé, vaya osadía la mía, querer crear historias o mundos tan maravillosos como el de Saramago o Neruda o García Márquez o Borges, -¡qué tontería!-, así que opté por llevar mi amor en secreto, no fuera a ser que esos grandes escritores se sintieran ofendidos por mis creaciones, no fuera a ser que en casa me descubrieran y se burlaran de mi amor secreto, no fuera precisamente a eso: a ser.

Escribir en la “clandestinidad”, es decir, en servilletas de papel durante largas esperas en aeropuertos o en aviones, en hojas de cuaderno que luego eran arrancadas, dobladas y bien guardadas, en diarios color de rosa que escondía muy bien y en blogs a los que ponía mil y un candados, en fin, en lugares donde ningún ojo mirón pudiera cuestionar mi amor secreto, era mi escape a la libertad, mi forma de quitarme las ataduras que me mantenían siendo una brillante profesionista en este mundo lineal y sistemático, tan acorde a lo establecido.

Seguro se preguntarán, -pero, ¿de que mundos maravillosos nos hablas?- bueno pues de esos mundos donde uno descubre la historia de la humanidad, la belleza de las artes, la sensibilidad de una nación, la violencia de una guerra, la ternura del primer amor, lo increíble de la ciencia, lo grandioso de la misericordia, los milagros de la vida, la profundidad del mar, lo enamoradiza que es la luna, incluso el aroma de las flores o de lejanas ciudades, el canto de las sirenas, la virtud de las lombrices, lo inimaginable de la ficción, lo divertido que resulta ser irreverente y no tener reglas, la crueldad de los patanes, los mil y un colores del cielo, en fin, el amor en todas sus presentaciones, y cosas por el estilo. ¿Has pensado tú querido lector, de lo que te has perdido por no leer y/o escribir?

Afortunadamente, mi amor por las letras, éste gran amor escondido, ha salido de la clandestinidad de la que ya hablaba, justo a partir de un bendito acontecimiento que me libró de un desastre seguro, y donde finalmente estoy abrazada eternamente a ellas, cual vil enredadera de la selva a gigantescos árboles y que va buscando siempre la luz, la del sol, para poder sobrevivir, para poder ser. Pienso, creo, siento, que este enredado amor hacia las letras trepará cualquier obstáculo, simplemente porque ya es libre de escribir donde sea, a quien sea y como sea.

Este amor echó raíces desde aquellos días en que para mí ellas solo eran percibidas como “bolitas”, “palitos”, “rayitas” y “viboritas”. Este amor, sin querer, y queriendo, empieza a echar letras propias, letras grandes, de esas que son de verdad y saben a mi.


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El farol

Hace mucho tiempo, antes de que hubiera carreteras por todas partes y grandes centros comerciales, existían en su lugar riachuelos, arbustos y pequeños árboles. Debido a eso, era imposible no ver un árbol frondoso y de gran altura que sobresalía del paisaje y al cual los vecinos llamaban Farol.

Una noche, Farol dormía plácidamente al compás de la suave y breve brisa marina que alcanzaba a sentir a través de sus hojas. De repente sintió un cosquilleo. Era una luciérnaga y era tan brillante que pareciese que el mismísimo sol la había encendido.

Farol despertó y se preguntaba cual sería la razón por la que una luciérnaga había volado tan alto si su lugar de vuelo eran los arbustos. Fue entonces que se dirigió hacia la luciérnaga y le hizo la pregunta.

La luciérnaga casi se apaga del susto al escucharlo hablar. Farol se sintió mal por haberla asustado y explicó que no era su intención, al mismo tiempo que la luciérnaga iba recuperando su brillo. Ella le respondió que siempre había querido saber como eran sus hermanas, las de “arriba”, en especial la gigantona sonriente. Farol soltó una sonrisita, y solo atinó a responderle que sería un gran honor para él servir de medio para que el resto de sus hermanas de “abajo” conocieran a las de “arriba”. La luciérnaga se encendió más del gusto y agradeció a Farol.

Desde entonces todas las noches, después de las diez, Farol se enciende y agita un poco sus ramas (es el efecto de las cosquillas) y hace que la luz llegue a diferentes puntos del valle. De ahí que los vecinos lo hayan bautizado así, pues su luz guía a los vecinos a llegar seguros a casa.


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La visita

Hubo una vez, en un poblado tupido de árboles, un estrecho y largo sendero conocido como Pablo. Los pocos habitantes habían decidido darle un nombre propio de humano, porque siempre que lo atravesaban se sentían como en casa  a pesar de la neblina y aire fresco que reinaba en los alrededores.

Cierta mañana, Pablo estaba listo para recibir a sus afables y frecuentes transeúntes, cuando de repente, sintió que algo le caía encima, y no, no eran ni las hormigas del vecino hormiguero, ni el trote de los caballos, y mucho menos el arreo de las vacas, era algo muy sutil.

Pablo, tuvo miedo, quiso temblar, pero se contuvo. Lo menos que quería era espantar a sus transeúntes y ser olvidado por ser un camino de temblores. No, no, esa no era una buena idea. Así que aunque vivía de cara al cielo, esta vez tuvo el valor de mirar hacia arriba.

Y fue cuando escuchó algo así como un “toc-toc”. El sonido provenía de entre dos altísimos árboles y pensó – esos son árboles, no puertas o ¿acaso me estaré volviendo loco? – Pablo ignoró su conciencia y sin darse cuenta ya estaba al pie  de esos árboles, como quien va al recibidor de su casa sorprendido por alguien inesperado.

Y los árboles movieron sus ramas a los costados, como quien entra y abre puertas a todo lo ancho. Pablo no podía creerlo. Allí estaba él, bueno, una parte de él. ¡Era el señor Sol y había llegado hasta su casa! Jamás antes lo había visto o sentido. Llegó en su traje amarillo mañanero y dio un cálido saludo a Pablo y sus amigos.

Durante su estancia en el ambiente se respiraba un aroma desconocido que sólo Pablo logró identificarlo muchos años después, cuando un transeúnte de una lejana aldea llevaba consigo una canasta de frescas naranjas y melones.

La visita del señor Sol duró un par de horas, pero el momento en la mente de Pablo jamás desapareció, era algo así como eso que conservan los humanos y llaman bellas fotos.

(Con cariño para mi hermano Alex que tiene el don de tomar bellas fotos)

La visita


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∞ (Infinito)

Desde hace días quiero escribir sobre Gustavo. La angustia le había ganado la partida a las ideas en mi cabeza, hasta hoy que amanecí soñándolo tan claramente que hasta en mi sueño pensé que era otro sueño. De unos días acá recuperé la fé perdida y he orado por su mejoría. Quizás su aparición en mi sueño fue una forma de darnos las gracias a todos sus seguidores que tenemos al alma en un hilo al pensar en la posibilidad de perderlo.

¿Por qué nos angustia tanto su partida?.¿ Por qué es más importante en este momento su mejoría que los hechos sociales injustos que están ocurriendo en nuestros entornos? La respuesta es simple, Gustavo es un ser con el don de componer y cantar canciones que alimentan nuestras almas, nuestras vidas del día a día y que hacen más llevadera nuestra existencia, que nos motivan durante nuestro trayecto al trabajo, mientras hacemos una tarea o nos relajan después de ver esas injusticias que nos rodean, que nos hacen creer en el amor aunque duela, en levantarnos después de caer, en darnos cuenta que todos los cambios son buenos, en bailar desfachatadamente, en querer hacerle el amor a tu amor, en querer llorar por habernos equivocado, en querer portarte mal o solamente en aceptar las cosas como son y hasta burlarnos de nuestra mala estrella.

Todos sus discos me fueron seduciendo de a poco, nunca a la primera escuchada. Gustavo gusta de hacerse el difícil, de tal forma que sus escuchas terminamos por hacernos adictos. Hasta para eso tiene el toque. No en balde lo llamamos con mucho amor y admiración Maestro. Después de Soda Stereo, no sabía de la existencia de Gustavo sino hasta que fui bautizada como “amerced” por un amigo peruano al abrir mi cuenta de hotmail. A partir de ahí nació mi gusto por Gustavo. La primera vez que viajé por horas y horas por un concierto fue precisamente por él, para verlo en el Auditorio Nacional en la ciudad de México, con sus 11 Episodios Sinfónicos. Todo el mundo me tildó de loca. En ese entonces mucha menos gente conocía de su música, y la verdad, yo encantada de seguir a alguien que no suena en la radio 1 millón de veces para ser seguido. Me sentí “una entre mil”.

Igual que todos los que lo seguimos con el corazón, deseo fervientemente salga adelante. Me niego a aceptar que su última canción sea “#”, él nació con el don de poder crear canciones “∞”, sí, infinitas, nunca finitas. ¿No lo creen así?

Aquí les dejo los 3 videos que pude captar durante el arranque de su gira “Fuerza Natural” el 19 de noviembre del 2009, en la ciudad de Monterrey, México.

¡El inicio!

La canción del álbum Fuerza Natural con la que más me identifico: Desastre

La mejor interpretación del concierto: Paseo Inmoral